martes, 4 de agosto de 2009

LA BODA EN EL HACHOUI


Es increíble la de gente que se puede llegar a casar en sólo tres meses en una aldea de sólo mil habitantes. Lo peor de todo es sentirte obligado a asistir a bodas de gente a la que no conoces ni de vista, al menos aquí no tienes que dar ningún regalo ni supone más sacrificio que el del propio tiempo invertido en una celebración que, vista una, vistas todas.
Puede que por eso la del Hachoui fuese un poco diferente. Ayn Chouater está formado por dos aglomeraciones de viviendas y algunas tiendas de nómadas que se dedican a la cría de los dromedarios. La principal, y en la que vivíamos, era Chouater pero la más poblada y algo más apartada sin más edificios de servicios que la mezquita, era el Hachoui.
Fui un poco por accidente. Se presentó un tipo bastante simpático que ya había alguna vez por aquí. Vivía emigrado en España pero debido a como estaban las cosas por allí, se había venido a pasar unos meses en espera de que la situación mejorase un poco. Llegó en un coche atestado de gente para asistir a la boda de un primo (sí, en estos sitios casi todo el mundo es familia) y su primera parada fue la casa de las asociaciones en cuya puerta estábamos mi compañera y yo viendo el tiempo pasar.
Vino a saludarnos muy efusivamente y en un español que no hacía justicia a los más de cinco años que llevaba por allí. Enseguida se ofreció para llevarnos a la boda pero acordamos que nos encontraríamos media hora más tarde pues, antes de nada, queríamos comer algo ya que las cenas nupciales suelen retrasarse bastante.
Cuando regresamos nos tocó esperar un buen rato pero, finalmente, apareció. Mi compañera se excusó y se quedó en la asociación mientras que yo me fui con nuestro a amigo a unirme al festejo.
La primera sorpresa me la dio poco después de arrancar, sólo iba a llevarme hasta el Hachoui porque al día siguiente debía ir a Melilla para sellar su tarjeta del paro. Ya que estaba dentro del coche acepté buscarme la vida para volver a Chouater, de todas formas era sólo un paseo de diez minutos por una carretera asfaltada aunque no demasiado iluminada.
El ambiente allí estaba muy animado. Los hombres tocaban tambores típicos, daban palmas, cantaban y bailaban bajo un cable del que colgaban una decena de bombillas que estaban atrayendo a todos los mosquitos e insectos molestos del mundo. Aunque también había mujeres y niñas en la calle viendo el espectáculo, la mayor parte de ellas bailaban en el interior de una casa mientras varios jóvenes trataban de espiarlas desde una ventana que daba al exterior. Parecían hipnotizados por los movimientos de las jóvenes, algunas de ellas todavía niñas, no paraban de comentar quién bailaba mejor o quién sería una buena esposa.
Cerca de la media noche, entramos en la casa del novio para empezar a cenar. Me senté en una de las salas con más jóvenes en compañía de Fettah, el hijo pequeño de mamá Rachida, y de uno de los pocos niños gordos del pueblo que no dejaba de pedirme que le regalase algo, una camiseta, un mp3, mi teléfono,.. mi ordenador... Desde luego el chaval era pertinaz y no se calló ni cuando llegó el inevitable momento del té y los cacahuetes, con la boca rebosante de comida seguía pidiendo cualquier cosa que él creyese que podía darle.
Fue en ese momento cuando sentí que algo se me metía por la camiseta y empezaba a subir hasta mi pecho así que metí la mano por debajo para ver qué era. Resultó ser un saltamontes que se había detenido en mi pezón y que cuando intenté cogerlo me mordió. Claro está pegué un pequeño grito que hizo que todos los jóvenes allí presenten estallasen en una sonora carcajada.
Por suerte o por desgracia mi vergonzosa situación no duró mucho. El padre del novio entró en ese mismo momento y de la mano me llevó a la habitación donde estaban reunidos los familiares más cercanos. Yo allí no pintaba nada pero parece que tener un europeo en casa es una señal de prestigio.
La cena fue más agradable de lo que me imaginaba, a pesar de que mi pezón empezaba a hincharse, no por el menú, otra vez cabra en salsa, coucous dulce y sandía, sino porque eran gente muy simpática y me explicaron todo el ritual de los enlaces en el Hachoui. Era bastante curioso, tanto novio como novia debían estar sentados en unos sofás que habían dispuesto fuera mientras enfrente de ellos, sobre unas alfombras de pelo de camello, se sentaban las mujeres del pueblo para ver como les decoraban pies y manos con henna, un potingue que elaboran con plantas y que huele bastante mal, como si de tatuajes se tratara. Tras el muro de mujeres, los hombres seguían a lo suyo, con su folklore que, por mucho que intentasen defender su postura, era idéntico al de Chouater. Lo que más llamó mi atención fue que ambos estaban absolutamente cubiertos con multitud de ropajes, no tanto la novia ya que aquí todas las mujeres una vez cumplida la mayoría de edad se tapan completamente dejando sólo los ojos al descubierto, como si de un ninja se tratase. Pero él, el novio, tenía una pinta ridícula del todo, parecía el hombre invisible con gafas de sol y todo.
Antes de comenzar la ceremonia de la henna me sentaron junto al novio para que me hiciese las obligatorias fotos de recuerdo. Se reían cuando me decían que no le vería en una semana por lo menos ya que aquí no existe el concepto de luna de miel, aquí la pareja se encierra una semana en una habitación de la casa y los otros miembros de la familia los proveen de alimentos durante esos días. Bien pensado eso no se diferencia demasiado de nuestra tradición, la única divergencia es que somos tan gilipollas como para desplazarnos miles de kilómetros y pagar un dineral por encerrarnos en una habitación de hotel y acabar haciendo lo mismo que ellos, follar.
La dichosa ceremonia se retrasó hasta más de las dos de la mañana. Jack Sparrow, que resultó ser el homólogo del rey Escorpión en el Hachoui, aprovechó para hacerme muchas preguntas acerca de si había visto a fulano o a fulanito bebiendo o si yo mismo había bebido. Lo cierto era que la juventud iba bastante pasada de kif (una variante del hachís típica de las montañas de Riff) y de mahia, un bebedizo más fuerte que el propio orujo que destilan ellos mismos a partir del dátil utilizando como alambique una olla a presión, cuando me contaron cómo era el proceso me pregunté cuánto tardaría en haber una desgracia.
También me encontré con algunas de mis mejores alumnas, todas ellas prácticamente irreconocibles sin velo y con vestidos reservados únicamente para las ocasiones especiales. Todas ellas me sonreían y me saludaban tímidamente aunque bajaban la mirada vergonzosamente cuando yo les devolvía el saludo.
El niño gordo me seguía a todas partes y yo ya quería ver lo de la henna más por amor propio que por autenticas ganas, lo único que me apetecía ya era volver a casa para echarme alguna crema en mi maltrecho pezón, que no dejaba de picarme, y, de una vez dormir. Cuando estaba a punto de unirme al primero que se marchase a Chouater, empezaron a decorar las extremidades de los contrayentes y yo me quedé en un lateral de la plaza sacando fotos. No fueron muchas pues el hermano del novio me lo prohibió argumentando que había mujeres y sólo los familiares podían sacarles fotos. Fue un poco confuso, uno de los funcionario de La Commune que no era familia de ninguno de los novios también hacía fotos y nadie le decía nada así que me quedé con ganas de decirle al hermano que si quería fotos excitantes... el último sitio donde las buscaría sería en una aldea perdida del sur de Marruecos.
Muy tarde, con un grupo de unos quince muchachos de Chouater, me dirigí, al fin, a casa, mientras ellos todavía embriagados por la mahia recorrían el camino cantando y bailando, esta vez a su estilo. Claro está que me invitaban a unirme pero o bien porque estaba cansado o no estaba bebido como ellos o porque mi pezón empezaba a preocupare de verdad, no lo hice. Tenía una sola idea en mi cabeza: antiestamínico.