jueves, 30 de julio de 2009

TORQUEMADA Y EL DÍA DEL FUNERAL

Conocimos a Torquemada la mañana que nos llevaron de excursión al palmeral. Éramos una pequeña expedición comandada por Aziz que, como siempre, hacía el papel de guía y responsable de nuestro bienestar. A pesar de llevar un año como maestro de la escuela primaria de Ayn Chouater, también era la primera vez de Torquemada así que vino preparado para la caminata con sus mejores zapatillas deportivas y su mejor gorra de publicidad.
Enseguida se mostró muy interesado en mí por ser capaz de comunicarme en árabe y, al mismo tiempo, ignoró por completo a mi compañera no sé si por su desconocimiento de la lengua local o por el mero hecho de ser mujer. El caso es que nos pasamos la hora de camino hacia el palmeral hablando sobre literatura islámica. Estaba muy impresionado por mis conocimientos aunque muy confuso cuando le decía que no tenía religión.
Cuando hicimos una parada para descansar y beber un poco de agua empezó a dar pistas de cómo era. La marca de la frente le delataba. Es sencillo, cuando una persona es muy devota y reza con mucho fervor suele quedársele una especie de mancha oscura en la frente, justo donde apoyan la cabeza cuando se arrodillan durante las oraciones. Es bastante común y hasta he visto a gente a la que le ha salido pelo en esa mancha.
Era viernes y como día de oración común que era, volvimos al pueblo alrededor de las once, con tiempo para que nuestros acompañantes tuviesen el tiempo necesario para hacer las abluciones necesarias para acudir a la mezquita completamente puros. Al llegar a la casa de las asociaciones nos comunicaron que el padre del rey Escorpión había fallecido. Eso significaba que esa tarde teníamos otro compromiso social que, realmente, hubiésemos preferido ahorrarnos.
Al acabar de comer fuimos a visitar a mamá Rachida que se encontraba confeccionando el vestido que la viuda había de llevar durante tres meses. Era un vestido sencillo, sin apenas costuras, de un color blanco impoluto, el que simboliza el duelo aquí. En menos de media hora estaba listo así que nuestra colosal amiga se llevó a mi compañera a casa de la viuda donde estaban reunidas todas las mujeres. No supe más de ella hasta bien entrada la medianoche.
Yo, por mi parte, volví a la asociación con la esperanza de poder echarme una siesta y, con un poco de suerte, escaquearme de todo aquello. No se me ocurría nada que me apeteciese menos que un funeral. No tuve suerte, me encontré a varios jóvenes que habían montado en la terraza un pic-nic a base de té y cacahuetes. A pesar de todo fueron un par de horas agradables, en vez de dejar que me interrogasen, que era lo lógico durante los primeros días, esa vez fui yo el que sació su curiosidad respecto a muchos y muy variados temas, especialmente los relacionados con la inexistente interacción entre sexos.
Pero todo lo bueno se acaba. Torquemada apareció esta vez, bajito y rechoncho, como era él, ataviado con una bonita chilaba aunque algo sucia, me saludó muy efusivamente con una sonrisa que no me gustaba nada, a decir verdad, aunque, menos me gustó lo que vino después. Ya que era el único mayor en aquellos momentos en la terraza, los jóvenes se callaron de inmediato y dejaron que Torquemada monopolizase la conversación. Algo muy habitual aquí, ser mayor da bula para todo, los jóvenes se pasan el día haciendo sus recados mientras éstos dedican sus esfuerzos a buscar la sombra más fresca en la que cobijarse del violento sol y a dormir el mayor número de horas posibles.
Había venido con un objetivo en mente muy claro. Convertirme. Había pensado ya en quiénes serían los otros dos testigos que necesitaba y hasta llegó a insinuarme la posibilidad de casarme con alguna de sus dos hijas en edad de merecer. Mis compañeros de té reían y callaban, nadie me echaba un cable y yo no sabía muy bien como salir de aquella situación sin herir sensibilidades. Intenté argumentar que no podía ser musulmán, estaba tatuado, bebía alcohol, me gustaba la compañía de mujeres de dudosa reputación,... en resumen, que era un pecador irredento. Me decía que eso no era problema, que todo se arreglaba con unos buenos rezos y unas buenas abluciones, que Allah lo perdonaba todo si uno se arrepentía de corazón.

-¡Vamos! ¡Si quieres podemos ir a la mezquita ahora mismo y haces la “shahada”!

Es la profesión de fé y consiste en proferir tres veces la fórmula “no hay más dios que Allah y Mahoma es su profeta”, después de eso, uno es musulmán. El problema es que por mucho que me dijese que yo ya había hecho lo más complicado que era conocer la lengua de la revelación y los libros sagrados, además de los ritos más importantes, había un problema de base: que no creo en ningún tipo de dios. Todavía menos cuando según la interpretación que hacen aquí del Islam, se supone que debo sentirme superior y tratar casi como un animal a las mujeres.
Fuese como fuese conseguí retener mis palabras y cuando empezaba a sentirme acorralado de verdad alguien nos avisó de que era hora de ir a dar el pésame al rey Escorpión y al resto de los familiares del difunto. No era el mejor plan que tenía en mente pero desde luego lo prefería a la sesión de proselitismo a la que estaba siendo sometido.
Me sorprendió el ambiente junto a la casa del difunto. Realmente no parecía un funeral. Sólo sus hijos estaban en calle recibiendo con los ojos llorosos las condolencias de la práctica totalidad de los hombres del pueblo. No había plañideras ni las excesivas muestras de dolor que esperaba, incluso las conversaciones eran bastante distendidas.
Debido a que el rey Escorpión y sus varios hermanos además de otros muchos hombres que, aunque que la gente del pueblo me lo negasen, eran idénticos a él, no sabía muy bien a quien saludar normalmente y a quién dar el pésame, así que opté por hacerlo a discreción, sin filtro. Todo aquel al que me tocaba saludar le daba el pésame fuera o no familia, me daba igual que me pusieran caras raras o me mirasen sin entender muy bien lo que decía.
Así, hasta que, por fin, Torquemada se cansó de saludar y de repetir un interminable repertorio de frases hechas preparado especialmente para la ocasión en las que, como no, no podía faltar la palabra Allah. Cuando eso ocurrió entramos a la casa donde me quedé bastante perplejo por lo que tuve ocasión de ver.
A la puerta había un mar de calzado que no fui capaz de contabilizar, ni siquiera hacer una estimación, sólo sabía que eran muchísimas. Desde zapatos invernales hasta roídas sandalias de piel con pinta de estar habitadas por todos los hongos del mundo. Mientras yo estaba alucinando, Torquemada me abandonó allí mismo para unirse a los dueños del calzado, un ejército de ancianos vestidos de blanco que llevaban toda la tarde recitando y cantando el Corán.
Me quedé algunos minutos escuchándolos, aunque las voces no estaban ni muy acompasadas ni muy afinadas, el sonido no dejaba de ser bello a la par que perturbador. No aguanté mucho allí, ni yo estaba cómodo allí de pie observándolos con cara de imbécil ni a ellos les hacía gracia que yo los mirase como si de una atracción de feria se tratase. Así, aproveché que Said, otro de los voluntarios de la asociación, entraba para unirme a él y sentarme en una habitación en la que la media de edad era algo así como cuarenta años menor.
Se estaba más cómodo pero era menos interesante. Era una reunión social sin más, algo de charla, té y cacahuetes y una cena, después de que los ancianos del patio terminasen su recitación, a base de cabra, como no, couscous dulce y sandía. Tras ella, un breve rezo que pocos se tomaron en serio para dar las gracias al señor por aquellos alimentos.
Todo acabó sobre la medianoche. Yo estaba deseoso de volver a mi casa para leer un rato después de un día en el que no había tenido tiempo para mí mismo pero Torquemada me esperaba en la puerta con su perpetua sonrisa. Quería saber dónde había estado pues él esperaba que me hubiese unido al resto en los cantos, que era una oportunidad para empezar a hacer las cosas como un verdadero musulmán pero que no pasaba porque al día siguiente volverían a rezar por su alma y que iría a recogerme para acompañarles. No se me ocurrió más que hacer me el tonto y fingir que estaba tan cansado que no entendía una palabra de lo que me decía. Sólo me disculpé y me marché pensando cómo me iba a librar al día siguiente del pesado de Torquemada.

lunes, 27 de julio de 2009

FUEGO LENTO Y LOS ANIMALES SALVAJES


Conocimos a Fuego Lento el día después de nuestra llegada. Como conductor oficial del pueblo de Ayn Chouater y, ya de paso, un poco chico para todo, fue el encargado de venir a recogernos a Bouarfa.
Habíamos llegado el día anterior a Oujda pero debido a que nuestro destino estaba bastante más alejado de lo que habíamos entendido tuvimos que dormir allí. El friki del messenger y un amigo topógrafo, que estaba allí, más que nada, porque tenía coche, vinieron a recibirnos al aeropuerto, como no, con unos minutos de retraso para que fuésemos acostumbrándonos a los que teníamos por delante.
Después de cenar nos dejaron en un más que correcto hotel pues nos esperaba un viaje de unas siete horas hasta Bouarfa en compañía del friki del messenger e íbamos a salir muy temprano.
El viaje no tuvo más historia que una interminable hammada de piedra, arena y matorrales. Nosotros intentábamos recuperar algo de sueño perdido y el friki tenía una animada conversación con una joven que no dejaba de sonreirle. Ahí todavía no lo sabíamos, pero resultó que nuestro Cicerone era todo un maestro de la seducción.
Después de la paliza, por fin, paramos en Bouarfa, una ciudad que es poco más que un cruce de carretera en mitad de la nada que, según parece, es la capital administrativa de la zona. Allí, casi sin haber bajado del autobús, vimos a Fuego Lento por primera vez, siempre atento a todos los detalles y dispuesto a echar una mano, como cuando trató de cargar con la maleta de mi compañera y ésta pensó que se la estaba robando . Vestía la camiseta de su equipo favorito de fútbol marroquí, uno de Casablanca, creo recordar.
Después de dos aviones, unas ocho horas entre aeropuerto y aeropuerto y las siete horas de autobús, no queríamos otra cosa en el mundo más que llegar de una vez a Ayn Chouater.
Vino a recogernos en el coche personal del presidente de nuestra asociación de acogida, el rey Escorpión. Era un Mercedes negros de esos antiguos, muy cuadrado, sin duda un coche que transmitía virilidad, siento no poder decir que clase ya que el mantelito de bordado del salpicadero y algunos adornos florales de plástico le quitaban todo el porte señorial, parecía más bien el vehículo de un macarra.
El friki del messenger nos abandonó pasados cinco minutos y medio zumo de naranja en la terraza de un café. Tenía que ayudar a sus padres a solucionar unos asuntos de papeles para arreglar todos los detalles de la próxima boda de su hermana. En ese momento comenzó nuestra relación con Fuego Lento, mientras dábamos vueltas en coche de las desiertas calles de Bouarfa y, poco después, disfrutando de una copiosa comida a base de pollo y casquería acompañados de patatas fritas y salsa de tomate.
Lo cierto es que gran parte de las veces que hemos estado con él ha sido en un coche o, por lo menos, cerca de alguno pues su trabajo, además de conducir, también es el mantenimiento del coche del Qaid, así, todas las mañanas lo veíamos disfrutar dándole su baño diario a aquel 4X4.
A pesar de sus obvias limitaciones era un tipo que, con el paso de los día, fue revelándose como un hombre fiel a sus pasiones. Como habréis podido intuir, su trabajo era una de ellas, por lo general no era capaz de decir que no cuando se trataba de llevar a alguien a algún sitio, hasta proponía ideas que implicasen tener que conducir. Como la tarde que nos llevó de merienda a Bouanane y volvimos con el estómago rebosante de churros revenidos, refrescos y, claro está, té. Peor parada salió mi compañera que además del refrigerio tuvo que volver con un colgante dorado, casi amarillo, en forma de caja para guardar fotos carnet y con una imagen de la Meca, una auténtica maravilla de la orfebrería.
Otra de sus pasiones eran los animales salvajes. Jamás se conectaba a internet, muy pocas veces, por ello tardamos dos meses en darnos cuenta de qué significaba para él. Para la mayoría de los hombres marroquíes jóvenes significa chats para ligar, video clips de música o pornografía de tamaño reducido para poder llevar en el teléfono y enseñar a los amigos mientras beben un buen y té y comen cacahuetes. Fuego Lento era diferente, internet para él significaba vídeos de animales salvajes, a la carta, sin tener que ver media hora de metraje sobre una aburrida cebra para que llegue un león y se la zampe en unos pocos segundos. Su problema era que no conocía la dirección de youtube o cualquier otra página donde buscar, además de que, por supuesto, el idioma era otro problema. Por esto, a pesar de que él no balbuceaba más que unas cuantas palabras en francés y Juana algo similar en árabe, la abordó señalando con el dedo la pantalla y repitiendo una y otra vez ¡animaux sauvage! ¡animaux sauvage!. Ella sin entender muy bien a que se refería interpretó bien los gestos e hizo lo que le pedía. La escena debía ser como para grabarla en vídeo. Mi compañera trabajando en su portátil y Fuego Lento totalmente hipnotizado ante el monitor, incluso cuando la página se ponía de color negro para cargar otra.
Yo tuve una experiencia similar con él pero, ya que yo podía comunicarme mínimamente, pude saber que su animal salvaje favorito era el tigre y le busqué un vídeo en el que un gran felino se peleaba con un mono por un trozo de comida que, sin duda, disfrutó muchísimo porque no paraba de reírse.
Conociendo esta afición, entendimos mucho mejor el asunto aquel del lagarto y por qué, cuando íbamos de camino de Bouarfa a Ayn Chouater, se alteraba y nos despertaba cada vez que algún bicho de gran tamaño cruzaba la carretera y, durante las casi tres horas de camino, creedme cuando digo que nos cruzamos unos cuantos.
Justo antes de llegar a nuestro destino, sólo a veinticinco kilómetros de Ayn Chouater, se empeñó en parar en Bouanane, un pueblo del que ya tendré ocasión de hablar con más calma en otra ocasión. Allí, además de beber refrescos gaseosos y más té, conocimos a su tercera pasión, Nawal.
Nawal era una chica de unos veinte años que estudiaba en una especie de escuela de corte y confección y que era su novia. Vestía ropa tradicional además del obligatorio velo y solía llevar la cara untada con algo que debía ser crema solar pues, mientras los occidentales nos dejamos el sueldo en soláriums y la salud cutánea bajo el abrasador sol de nuestras playas para poder lucir bronceado, aquí la gente, sobre todo las mujeres, tratan de blanquearse la piel por todos los medios, aunque a decir verdad, no les quedaba demasiado bien pues basta darse una vuelta por cualquier zoco para ver a varios clones del finado Michael Jackson.
Fuego Lento nos la presentó en la tienda de un amigo mientras tomábamos algo. No era una persona muy habladora, realmente pocas mujeres del rural marroquí lo son en presencia de hombres, pero nos extrañó que apenas se inmutase cuando le dio el ramo de flores amarillas que había recogido por el camino. Aquellos detalles románticos, además de las innumerables tiernas miradas que le regalaba, nos parecieron más propios del cortejo que de auténtico interés, eran como dos adolescentes de quince años sentados en el banco de un parque.
Estábamos equivocados. Algo así como un mes después comprobamos lo firme que era la determinación de Fuego Lento respecto a sus intenciones con Nawal. Aziz, nuestro protector y su hermano pequeño, nos comentó que sus padres tenían planeado ir a Boudnib a acordar un matrimonio para su hijo mayor pues, con treinta y cinco años ya cumplidos y un trabajo estable, era el momento de formar una familia. Cuando llegó el momento la cosa no funcionó, Fuego Lento se enfrentó a la autoridad del patriarca, su padre, un señor muy cachondo con turbante blanco que se pasaba el día acostado en el patio de casa escuchando la radio y que no paraba de reírse. A pesar de eso, aquí la autoridad de un padre no se discute y nos impresionó que consiguiese no doblegarse ante él, a pesar de que a nadie de la familia le gustase Nawal como futura esposa de su hijo.
Admirable, nuestra opinión de él cambió bastante desde que tuvimos noticia de ello pero, hubiese cambiado más si hubiese apoyado a su hermana Noura, su hermana menor de dieciocho años, cuando sus padres aceptaron comprometerla,a petición de su abuela, con un primo de Oujda a pesar de lo que la niña realmente quería era seguir estudiando tras aprobar con buena nota su examen de bachillerato. Triste, desde luego, pero otra prueba más de lo diferente que es ser hombre o mujer en un país como éste.

viernes, 24 de julio de 2009

EL DÍA DE LA CABRA


El viernes siguiente a las elecciones pensábamos escaparnos de fin de semana a un hotel en las gargantas del Ziz, no por vistar nada en concreto, sólo por descansar y desconectar un poco del universo Ayn Chouater y, de paso, disfrutar de la maravillosa piscina que anunciaban en internet. Aziz, nuestro ángel protector, nos quitó enseguida la idea de la cabeza porque al día siguiente el rey Escorpión haría un gran asado para celebrar su victoria electoral al que vendrían un montón de invitados importantes entre los que, como no, nos encontrábamos y no había excusa posible para no asistir.
Acordamos madrugar para ver todo el ritual del sacrificio halal de primera mano y, ya de paso, sacar unas cuantas fotografías morbosas. Como no, nos quedamos dormidos y cuando llegamos a la vieja casa de la asociación Aziz y Golfo ayudaban a dos hombres mayores con turbante con pinta de ser los matarifes a limpiar las vísceras de las tres cabras que acababan de sacrificar.
Las habían desollado por completo y las habían atravesado con con un hierro de obra, que habían limpiado sólo con agua y una esponja de incierto origen, de punta a punta sin cortar ningún miembro. Para asegurarse de que al moverlas no se iban a caer al transportarlas, iban suturando con alambres y unos alicates todo el costado de las cabras prestando especial atención a las partes con más riesgo de desprenderse, es decir, la zona de la garganta. Aquello era insalubre del todo, obviando las barras de hierro y los alambres, hubiese podido jurar que lo había visto un par de días antes en manos de Hellboy mientras arreglaba una cañería.
En ese punto decidimos retirarnos de nuevo a nuestro cuarto. Parecía que a los matarifes no les hacía especial ilusión tenernos por ahí sacando fotos y distrayendo la atención de sus ayudantes. Aún así prometimos volver más tarde para ver como asaban las cabras.
Aziz era el improvisado cocinero e ingeniero. Había cavado un agujero en el suelo y lo había llenado de brasas incandescentes. Las barras de hierro se apoyaban en los bordes del hoyo quedando los cadáveres de las cabras flotando sobre el fuego. La temperatura en el patio de la casa de la asociación era increíble, entre el los casi cuarenta grados más el calor de las brasas hacían que fuese difícil incluso respirar. Aziz, empapado de sudor, se había atado la camisa a la cabeza y bajo la atenta mirada de los dos matarifes, que más que ayudar se dedicaban a dar indicaciones desde una parte del patio algo más fresca, vigilaba que las cabras no se quedasen como carbonilla y las aliñaba de vez en cuando.
Mención aparte merecía el artilugio que había diseñado para adobar la carne. Era una caña bastante larga con una esponja, que mucho me temo que fuese la misma utilizada para limpiar las barras de hierro, atada en uno de sus extremos. Cada diez minutos la mojaba en una botella de plástico cortada por la mitad que estaba llena con una mezcla de aceite, pimienta, comino y colorante alimentario.
Como el calor era bastante insoportable y los dos matarifes seguían sin aceptar del todo nuestra presencia allí, no tardamos en regresar a nuestra habitación. Comeríamos en un par de horas y no teníamos demasiado interés en sudar más porque, a decir verdad, ya nos habíamos duchado esa mañana y no es una zona donde uno se sienta bien cuando malgasta agua. Además, era el tiempo preciso para ver un documental muy interesante que hacía días que queríamos ver.
No fue una idea muy afortunada, no por la calidad del documental que era muy bueno, sino por lo denso del contenido así que en menos de media hora estábamos ya completamente dormidos.
Escuchaba voces pero no hice mucho caso, al menos hasta que el mismísimo rey Escorpión en persona entró en nuestro cuarto, rompiendo la barrera psicológica que le impedía pasar, para avisarnos de que el banquete había comenzado ya sin nosotros.
Salimos de la habitación en un estado semiconsciente, como si todavía sólo tuviésemos medio cerebro en funcionamiento. Aunque hubiésemos tenido una hora para recomponernos, nada nos hubiese preparado para lo que estábamos viendo. Mientras observábamos cómo asaban las cabras, fantaseamos acerca de cuál sería la guarnición que las acompañaría. Mi compañera, más optimista que yo, apostaba por una ensalada, yo me conformaba con unas simples patatas fritas. Lo que ninguno de los dos nos esperábamos era que no hubiese nada de acompañamiento más que pan. Habían servido cada cabra en una mesa diferente, de una pieza y sobre un plástico porque, claro está, es importante manchar lo mínimo para evitar hacer esfuerzos inútiles limpiando, sobre todo cuando sólo había dos mujeres presentes.
Nos sentaron separados, a mi me tocó en la mesa de las grandes personalidades, gente como rey Escorpión, Ahmed el de correos, el Qaid, funcionarios, políticos venidos desde Bouarfa,...
A mi derecha estaba Mansouri que, nada más pegar el culo a la silla, introdujo su mano en donde solía estar el estómago del animal y sacó unas bolas que parecían hígado. Era un tanto desagradable pero no tenía mal sabor, aún así, preferí comer y seguir pensando antes que preguntar y llevarme alguna sorpresa inesperada.
La gente no hablaba mucho, sólo cortaba pedazos de carne con sus grasientas manos y comía con gran ansia. Mansouri lo hacía por dos ya que, como estaba a su lado y teníamos una buena relación, supongo que no me veía demasiado diestro en el arte de comer cabra de una pieza y sin cubiertos. Cada vez que desgarraba un nuevo trozo me lo dejaba en mi sección de plástico, eso sí, no sin antes darle una pequeña caricia extra a la ya sobada carne y decirme que era delicioso. Yo le estaba agradecido pero hubiese preferido ahorrarme esa pequeña parte.
En realidad, estaba mucho más bueno de lo que podría parecer en un principio, no me cabe la menor duda de que eran unas buenas cabras. No creo que fuesen de esas que tan fáciles son de ver por los campos de Ayn Chouater comiendo tanto matorrales como restos de basura. Lo único complicado era comerse ciertas partes que, siendo sincero, no podría identificar pues no había visto ni en las carnicerías especializadas en casquería.
Cuando mi estómago estaba alcanzando el límite de su capacidad, uno de los funcionarios tomó el mando de la mesa. Creo que era alguien importante por como le trataban y por su aspecto. Sus gafas de pasta y su bigote cano le conferían un aspecto de anciano venerable cuando, probablemente, no tuviese muchos más de sesenta años. Armado sólo con sus callosas manos, empezó a descuartizar lo que quedaba de lo que, en su día, había sido una alegre cabra y a repartirlo entre los comensales.
Me resultó simpático el hombre pues siempre me cedía lo que, a su juicio, debían de ser los mejores trozos. Cada vez que encontraba uno de su agrado lo sostenía con dos dedos a la altura de los ojos y mirándome fijamente como con cara de pena me decía “bismi allah”, que, en todo el mundo árabe e islámico, significa “chaval, no te queda otra que comértelo”. Por supuesto, yo comía y callaba aunque en mi estómago tantas proteínas estaban a punto de organizar una revolución. Al resto de los comensales les parecía gracioso ver cuanto era capaz de comer y claro, muy a pesar, empecé a ser el protagonista de la mesa. Todos querían escoger un pedazo y ver como me lo comía pero, en cuanto me quedé sin refresco con el que deglutir toda aquella carne, dije que lo sentía pero que “al-hamdulilah”, estaba lleno y no podía más. Creo que aquello decepcionó un poco al hombre del aspecto venerable.
Poco después retiraron los restos envolviéndolos en el mismo plástico que había servido de mantel aunque algunos pidieron llevarse parte de las sobras. Sólo quedaba una bandeja de fruta como postre y ya poco a poco todo el mundo se fue retirando. No me cabe la menor duda de que hacer lo mismo que nosotros, lo único que se nos pasaba por la cabeza, echar una larga y calurosa siesta.

jueves, 23 de julio de 2009

EL DÍA DE LAS ELECCIONES

Creo que tanto en cualquier otro pueblo de Marruecos como del mundo, que sea día de elecciones no significa que no haya que trabajar, máxime cuando es viernes. Por supuesto, Ayn Chouater es diferente y en cuanto nos despertamos y advertimos que la pandilla de adictos al té que se reúnen a diario en la asociación para no hacer nada no estaban, comprendimos que iba a ser un día diferente.
Durante los quince días previos a los comicios traté de que me explicasen brevemente cómo era el sistema electoral. Sinceramente, no conseguí entenderlo sobre todo porque, a fin de cuentas, es el estado quien designa a dedo a la figura de máxima autoridad que es el encargado de supervisar todas las actividades del gobierno local, el Qaid1. Tampoco entendí muy bien la necesidad de constituir séis mesas electorales en un pueblo de escaso mil doscientos habitantes de los que una gran proporción son menores de edad.
Estaba claro que el rey Escorpión revalidaría su mandato como representante del pueblo en “Le Comunne”. Su partido, el independentista “Istiqlal”, presentaba un programa que hablaba de lucha contra la pobreza, derechos humanos, avance en la igualdad de género,... Lo gracioso era que cuando pregunté a su inseparable cuñado y secretario general de la asociación que nos acogía, Hellboy, me respondió que ése era el programa nacional, que después en cada ciudad y en cada pueblo se elaboraba un programa adaptado a las necesidades específicas. En Ayn Chouater la propuesta era mucho más sencilla, luz y agua corriente para todos. Práctico pero un tanto absurdo porque, según pude averiguar después, ya habían ganado las elecciones pasadas con las mismas propuestas.
Lo más novedoso de estos comicios era que, por primera vez, dos mujeres iban a ocupar cargos en el gobierno local. Eso también se sabía de antemano pues, como puede suponerse, el voto secreto en un pueblo tan pequeño y donde la gente no tiene muchas más distracciones que hablar, no tiene demasiado de secreto.
Una de ellas, Rachida, era una mujer de colosales proporciones. Además de haber adoptado el papel de ser nuestra madre putativa durante nuestra estancia, era la directora del Centro de Formación Femenino por lo que su victoria estaba más que segura.
Mamá Rachida llevaba semanas planeando la gran fiesta que haríamos en su casa si ganaba. Le gustaba hacerse la modesta pero le encantaba escucharnos decir que iba a salir elegida sin ningún tipo de duda, que nada de “in cha allah”2. Se reía a carcajadas mientras nos cogía la mano y nos miraba con ternura como pensando “que simpáticos estos dos tipos tan blanquitos”.
Desde luego que fue un día anormal. Nos pasamos todo el día solos en casa, sin nadie que viniese a sentarse a nuestro lado mientras navegábamos por internet o, simplemente, ver qué hacíamos sin más. Sólo el calor y los omnipresentes insectos nos hicieron compañía pero, pese a todo, era agradable tener un día para nosotros mismos, sin tener que repetir la misma conversación con los mismos hombres ociosos de siempre.
Alrededor de las siete de la tarde, cuando ya se suponía que se conocerían los resultados, vimos al segundo de abordo del rey Escorpión, Jack Sparrow, sin su fular negro de siempre. Vestía una impoluta túnica blanca y sonreía más de lo normal. Le preguntamos cómo había ido todo y, sin darnos demasiadas explicaciones, nos respondió que sí, que habían vuelto a ganar.
Decidimos ir a casa de mamá Rachida a darle la enhorabuena y, a ser posible, acabar con el acto social cuanto antes pues, en realidad, no nos apetecía demasiado.
Imaginábamos que habría una gran cantidad de gente celebrándolo pero, al llegar allí, sólo nos encontramos con sus amigas más cercanas y su familia más directa. Lo que no nos cuadraba era la gran cantidad de refrescos con los que se habían aprovisionado, estaban todas las marcas y sabores conocidas y por conocer, como para sobrevivir a un año de sequía.
En cuanto me sirvieron el primer vaso de una bebida gaseosa de color y sabor indeterminados, una música de tambores comenzó a aproximarse. Fueron unos instantes de tensión pues no teníamos ni idea de si venían para allí o se dirigían a otro lugar, lo que sí que sabíamos era que preferíamos la paz y el agradable ambiente familiar que se respiraba a vernos atrapados en el pequeño patio de mamá Rachida por una horda de mujeres
vociferantes.
Efectivamente, menos de diez minutos después, allí estábamos, completamente apretados contra la pared mientras riadas de mujeres, hombres y niños entraban cantando y diciéndole “¡mbrouka!”3a la nueva representante.
Tocaban tambores y panderetas además de dar palmas, cantar y chillar con gran alborozo. Parecía la mañana después del sorteo de lotería cuando los telediarios van a visitar a los afortunados ganadores. Fettah, su hijo pequeño, un joven enorme, aunque no muy espabilado, no paraba de entrar y salir de la cocina con bandejas cargadas de refrescos, dulces y cacahuetes. La gente nos animaba a no dejar de comer, beber y bailar pero, cuando por problemas de espacio ya el mero hecho de respirar resulta complicado, nada de lo anterior resulta demasiado apetecible. Por eso, cuando una mujer mayor de dientes plateados se desplomó como un saco de patatas, nos pareció bastante lógico dado el poco oxígeno que había en aquel patio.
Lo más extraño fue que nadie parecía percatarse. Sólo otras dos mujeres se aproximaron a ella para que se incorporará mientras el resto continuaba con la celebración. Le dieron la vuelta y le rociaron la cara con desodorante, como si se tratase de un spray anti violación. En lugar de dejarla ciega, como nos imaginábamos, la señora volvió en sí, la sentaron en una silla y la fiesta continuó como si tal cosa pese a que mi compañera y yo todavía estábamos alucinados por lo que acabábamos de ver.
Intentábamos comentar lo que había sucedido pero el tremendo ruido de las canciones, las continuas invitaciones a comer, beber y bailar nos hicieron desistir y unirnos a ellos.
No dejaba de llegar más gente y Fettah no paraba de traer más bebidas, dulces y los inevitables cacahuetes. Todos quería aproximarse a Rachida para felicitarla, besarla y abrazarla efusivamente, tanto, que fue la siguiente en desmayarse. No nos extrañó, estaba completamente sudada y si no fuera porque era imposible, daba la impresión de estar completamente ebria, como sacada de una boda. Otra vez fuimos los únicos en alarmarnos, pues nadie le dio demasiada importancia, otra rociada de desodorante y un poco de agua en la cara y nada, como nueva, a continuar con los festejos.
Nos dimos cuenta que lo de perder el sentido no era parte de la fiesta. Parecía que si uno no se desmayaba en algún momento era que no estaba lo suficientemente contento pues, tras mamá Rachida, empezaron a caer varias mujeres, una tras otra. Me recordó a un reportaje que vi en televisión. Hablaba sobre una nueva especie de ovejas modificadas genéticamente para que cuando se asustasen perdiesen el sentido y, así, los lobos al atacarlas pensasen que estaban muertas. Esto era similar pero cuando les desbordaba la alegría.
Poco a poco la casa se fue vaciando hasta que sólo quedamos los familiares y los que habíamos sido invitados a cenar. En una misma habitación pero separados en dos mesas por sexos, nos sirvieron pollo al limón confitado, un plato exquisito si no fuese porque ya era más de medianoche y mi estómago estaba a rebosar de tantos refrescos diferentes, dulces y, como no, cacahuetes. Daba igual, el hijo mayo de Rachida se ocupaba de cortarme trozos con sus propias manos para dejarlos en mi lugar del plato común para que yo no tuviese más que hacer que comer y callar.
Ya cerca de las dos de la mañana, exhaustos y empachados volvimos a nuestra casa deseando acostarnos aunque, en mi caso, con la certeza de que no tardaría mucho en levantarme para ir corriendo a abrazar la taza del cuarto de baño.

martes, 21 de julio de 2009

EL DÍA DEL LAGARTO


Como todas la mañanas salía del horno que se me había asignado como vivienda, quizás un poco más tarde de lo habitual, lo suficiente para no tener tiempo de recrearme en los maratonianos saludos de los que tanto gustan los marroquíes.
Por supuesto esquivar a los habituales tertulianos que todas las mañanas se reunían junto a la oficina de correos era imposible, pero con lo que no contaba era con que Fuego Lento se ofreciese, más que eso, me forzase a llevarme los escasos treinta metros que me separaban del Centro de Formación Femenino de Ayn Chouater en coche. Una vez dentro, hizo caso omiso a mis disculpas por tener prisa ya que iba con algo de retraso, en su lugar insistió en darme una pequeña vuelta en el 4X4 del gobernador del que era chófer oficial. Quería que disfrutase de sus confortables asientos de piel y de su maravilloso climatizador que, dadas las extremas temperaturas de esa época del año, se agradecía enormemente.
Cuando apenas habíamos salido de la aldea me sobresaltó un frenazo repentino. Salió del coche a la carrera diciendo algo que no alcancé a comprender y blandiendo una chancla. Perseguía un animal que yo no había visto cruzar la carretera y que era una especie de lagarto de considerable tamaño, lo suficiente para tenerle un mínimo de respeto.
Fuego Lento lo acorraló en un borde de la carretera y trataba de golpearle sin demasiada fortuna. El lagarto, al que más tarde me enteré que llamaban “Dabb” en su dialecto, lejos de intentar huir, se encaraba a mi amigo mientras yo, desde la seguridad y el frescor del todo terreno, trataba de convencerlo a gritos de que dejase en paz al pobre animal. Por supuesto que, otra vez, no hizo el más mínimo caso a mis palabras y seguía intentando asestarle un chanclazo con más voluntad que acierto.
En esas apareció otro joven como salido de la nada que nos rodeaba y al que no había visto en mi vida hasta ese día. Corría armado con una pala de gran tamaño hacia donde Fuego Lento se batía en duelo con el lagarto. Mis peores pensamientos parecían a punto de hacerse realidad, ya veía al pobre reptil aplastado contra el abrasador asfalto o, en el mejor de los casos, decapitado. Por suerte estaba equivocado. La estrategia consistía en que mientras Fuego Lento seguía amenazando al animal con su chancla, el otro joven se acercaba por detrás para inmovilizarlo con la pala sin causarle más daños que los minutos de intenso estrés.
Una vez capturado, se dirigieron al coche con el trofeo, un enorme y grimoso reptil de vivos colores y una cola espinosa. Por supuesto querían que los retratase con mi cámara, como dos cazadores tras un duro día de rastreo orgullosos de su presa. Me animaron a que hiciese lo mismo pero nunca he sido demasiado amigo de los animales de órdenes ajenos al mío, es decir, de nada que cuando nace no necesite mamar de su madre. Se reían a carcajadas de mi negativa a tener cualquier tipo de contacto con el lagarto, algo tremendamente hipócrita y desconsiderado pues, si en su lugar fuese un perro de tamaño medio o, más aún, un cerdo, serían ellos los que saldrían corriendo despavoridos antes de estar a un par de palmos de distancia.
Acabada la sesión de fotos, Fuego Lento introdujo al animal en uno de los compartimentos del salpicadero del 4X4 y, por fin, me llevó a Centro Femenino donde mis alumnas llevaban ya casi un cuarto de hora esperándome. Se disculpó por haberme hecho llegar tarde y volvió a la puerta de la oficina de correos con sus contertulios.
Cuando terminé de dar mi lección diaria de lengua española me encontré a todo el funcionariado a la puerta de casa. Parecía que admirar la presa de Fuego Lento tenía más interés que hacer algo con las enormes pilas de papeles que se amontonaban en sus escritorios. ¿Qué más da? De todas formas con el calor que hacía no se podía trabajar así que mejor quedarse a la sombra martirizando a un pobre reptil que no había cometido más error en su vida que el de cruzar la carretera en el momento menos oportuno. Los papeles seguirían allí mañana y el bicho, más que probablemente, habría muerto, mucho mejor recrearse en su sufrimiento.
El secretario general de “Le Comunne”, Mansouri, un tipo realmente extraño, ejercía su papel de hombre con mayor cualificación académica y explicaba que era un especie autóctona del Sáhara magrebí que durante los meses de frío hibernaba, sin moverse, sin comer ni beber nada en absoluto. Aquello no me sorprendió demasiado, puede que hasta incluso lo hubiese visto en alguno de los documentales de La2 después de comer, lo realmente alucinante era que se consideraba un animal muy apreciado pues su sangre era el mejor remedio posible contra el asma. Me sorprendió que tal afirmación no saliese de la boca desdentada de un señor octogenario con turbante sino de todo un alto funcionario que incluso había tenido la posibilidad de viajar fuera del país.
Por mi parte, como ex asmático no dudé en replicar que quizás preferiría ahogarme antes de beber la sangre de aquella alimaña. Todos se rieron y yo me fui a mi cuarto pues ya estaba cansado de ver como torturaban gratuitamente al animal. No me apetecía ver una ejecución sin sentido a aquellas horas de la mañana.
Volví una hora después y los funcionarios habían dejado al lagarto atado en la fuente del patio central de casa. No es que hubiesen vuelto al trabajo, más bien se habían aburrido y el té que Moustapha, el guarda de seguridad de la oficina de correos, acaba de preparar resultaba mucho más apetitoso.
Aproveche para hablar con Said, otro voluntario, y pedirle que liberase al animal. Le solté un rollo acerca de los derechos de los animales que, estoy seguro, no alcanzó a comprender. Supongo que en un país donde los derechos de la mujer son toda una novedad, la simple idea de que un bicho tan feo también tenga derechos es poco menos que una locura incomprensible. El caso es que por no oírme, más que por que mis palabras lo hubiesen convencido, aceptó liberarlo en la misma carretera donde Fuego Lento lo había capturado aquella misma mañana.
Me sentí aliviado después, no por haberle salvado la vida que, a decir verdad, poco me importaba, sino por no tener que convivir bajo el mismo techo con una criatura tan desagradable.