Conocimos a Torquemada la mañana que nos llevaron de excursión al palmeral. Éramos una pequeña expedición comandada por Aziz que, como siempre, hacía el papel de guía y responsable de nuestro bienestar. A pesar de llevar un año como maestro de la escuela primaria de Ayn Chouater, también era la primera vez de Torquemada así que vino preparado para la caminata con sus mejores zapatillas deportivas y su mejor gorra de publicidad.
Enseguida se mostró muy interesado en mí por ser capaz de comunicarme en árabe y, al mismo tiempo, ignoró por completo a mi compañera no sé si por su desconocimiento de la lengua local o por el mero hecho de ser mujer. El caso es que nos pasamos la hora de camino hacia el palmeral hablando sobre literatura islámica. Estaba muy impresionado por mis conocimientos aunque muy confuso cuando le decía que no tenía religión.
Cuando hicimos una parada para descansar y beber un poco de agua empezó a dar pistas de cómo era. La marca de la frente le delataba. Es sencillo, cuando una persona es muy devota y reza con mucho fervor suele quedársele una especie de mancha oscura en la frente, justo donde apoyan la cabeza cuando se arrodillan durante las oraciones. Es bastante común y hasta he visto a gente a la que le ha salido pelo en esa mancha.
Era viernes y como día de oración común que era, volvimos al pueblo alrededor de las once, con tiempo para que nuestros acompañantes tuviesen el tiempo necesario para hacer las abluciones necesarias para acudir a la mezquita completamente puros. Al llegar a la casa de las asociaciones nos comunicaron que el padre del rey Escorpión había fallecido. Eso significaba que esa tarde teníamos otro compromiso social que, realmente, hubiésemos preferido ahorrarnos.
Al acabar de comer fuimos a visitar a mamá Rachida que se encontraba confeccionando el vestido que la viuda había de llevar durante tres meses. Era un vestido sencillo, sin apenas costuras, de un color blanco impoluto, el que simboliza el duelo aquí. En menos de media hora estaba listo así que nuestra colosal amiga se llevó a mi compañera a casa de la viuda donde estaban reunidas todas las mujeres. No supe más de ella hasta bien entrada la medianoche.
Yo, por mi parte, volví a la asociación con la esperanza de poder echarme una siesta y, con un poco de suerte, escaquearme de todo aquello. No se me ocurría nada que me apeteciese menos que un funeral. No tuve suerte, me encontré a varios jóvenes que habían montado en la terraza un pic-nic a base de té y cacahuetes. A pesar de todo fueron un par de horas agradables, en vez de dejar que me interrogasen, que era lo lógico durante los primeros días, esa vez fui yo el que sació su curiosidad respecto a muchos y muy variados temas, especialmente los relacionados con la inexistente interacción entre sexos.
Pero todo lo bueno se acaba. Torquemada apareció esta vez, bajito y rechoncho, como era él, ataviado con una bonita chilaba aunque algo sucia, me saludó muy efusivamente con una sonrisa que no me gustaba nada, a decir verdad, aunque, menos me gustó lo que vino después. Ya que era el único mayor en aquellos momentos en la terraza, los jóvenes se callaron de inmediato y dejaron que Torquemada monopolizase la conversación. Algo muy habitual aquí, ser mayor da bula para todo, los jóvenes se pasan el día haciendo sus recados mientras éstos dedican sus esfuerzos a buscar la sombra más fresca en la que cobijarse del violento sol y a dormir el mayor número de horas posibles.
Había venido con un objetivo en mente muy claro. Convertirme. Había pensado ya en quiénes serían los otros dos testigos que necesitaba y hasta llegó a insinuarme la posibilidad de casarme con alguna de sus dos hijas en edad de merecer. Mis compañeros de té reían y callaban, nadie me echaba un cable y yo no sabía muy bien como salir de aquella situación sin herir sensibilidades. Intenté argumentar que no podía ser musulmán, estaba tatuado, bebía alcohol, me gustaba la compañía de mujeres de dudosa reputación,... en resumen, que era un pecador irredento. Me decía que eso no era problema, que todo se arreglaba con unos buenos rezos y unas buenas abluciones, que Allah lo perdonaba todo si uno se arrepentía de corazón.
-¡Vamos! ¡Si quieres podemos ir a la mezquita ahora mismo y haces la “shahada”!
Es la profesión de fé y consiste en proferir tres veces la fórmula “no hay más dios que Allah y Mahoma es su profeta”, después de eso, uno es musulmán. El problema es que por mucho que me dijese que yo ya había hecho lo más complicado que era conocer la lengua de la revelación y los libros sagrados, además de los ritos más importantes, había un problema de base: que no creo en ningún tipo de dios. Todavía menos cuando según la interpretación que hacen aquí del Islam, se supone que debo sentirme superior y tratar casi como un animal a las mujeres.
Fuese como fuese conseguí retener mis palabras y cuando empezaba a sentirme acorralado de verdad alguien nos avisó de que era hora de ir a dar el pésame al rey Escorpión y al resto de los familiares del difunto. No era el mejor plan que tenía en mente pero desde luego lo prefería a la sesión de proselitismo a la que estaba siendo sometido.
Me sorprendió el ambiente junto a la casa del difunto. Realmente no parecía un funeral. Sólo sus hijos estaban en calle recibiendo con los ojos llorosos las condolencias de la práctica totalidad de los hombres del pueblo. No había plañideras ni las excesivas muestras de dolor que esperaba, incluso las conversaciones eran bastante distendidas.
Debido a que el rey Escorpión y sus varios hermanos además de otros muchos hombres que, aunque que la gente del pueblo me lo negasen, eran idénticos a él, no sabía muy bien a quien saludar normalmente y a quién dar el pésame, así que opté por hacerlo a discreción, sin filtro. Todo aquel al que me tocaba saludar le daba el pésame fuera o no familia, me daba igual que me pusieran caras raras o me mirasen sin entender muy bien lo que decía.
Así, hasta que, por fin, Torquemada se cansó de saludar y de repetir un interminable repertorio de frases hechas preparado especialmente para la ocasión en las que, como no, no podía faltar la palabra Allah. Cuando eso ocurrió entramos a la casa donde me quedé bastante perplejo por lo que tuve ocasión de ver.
A la puerta había un mar de calzado que no fui capaz de contabilizar, ni siquiera hacer una estimación, sólo sabía que eran muchísimas. Desde zapatos invernales hasta roídas sandalias de piel con pinta de estar habitadas por todos los hongos del mundo. Mientras yo estaba alucinando, Torquemada me abandonó allí mismo para unirse a los dueños del calzado, un ejército de ancianos vestidos de blanco que llevaban toda la tarde recitando y cantando el Corán.
Me quedé algunos minutos escuchándolos, aunque las voces no estaban ni muy acompasadas ni muy afinadas, el sonido no dejaba de ser bello a la par que perturbador. No aguanté mucho allí, ni yo estaba cómodo allí de pie observándolos con cara de imbécil ni a ellos les hacía gracia que yo los mirase como si de una atracción de feria se tratase. Así, aproveché que Said, otro de los voluntarios de la asociación, entraba para unirme a él y sentarme en una habitación en la que la media de edad era algo así como cuarenta años menor.
Se estaba más cómodo pero era menos interesante. Era una reunión social sin más, algo de charla, té y cacahuetes y una cena, después de que los ancianos del patio terminasen su recitación, a base de cabra, como no, couscous dulce y sandía. Tras ella, un breve rezo que pocos se tomaron en serio para dar las gracias al señor por aquellos alimentos.
Todo acabó sobre la medianoche. Yo estaba deseoso de volver a mi casa para leer un rato después de un día en el que no había tenido tiempo para mí mismo pero Torquemada me esperaba en la puerta con su perpetua sonrisa. Quería saber dónde había estado pues él esperaba que me hubiese unido al resto en los cantos, que era una oportunidad para empezar a hacer las cosas como un verdadero musulmán pero que no pasaba porque al día siguiente volverían a rezar por su alma y que iría a recogerme para acompañarles. No se me ocurrió más que hacer me el tonto y fingir que estaba tan cansado que no entendía una palabra de lo que me decía. Sólo me disculpé y me marché pensando cómo me iba a librar al día siguiente del pesado de Torquemada.
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