Creo que tanto en cualquier otro pueblo de Marruecos como del mundo, que sea día de elecciones no significa que no haya que trabajar, máxime cuando es viernes. Por supuesto, Ayn Chouater es diferente y en cuanto nos despertamos y advertimos que la pandilla de adictos al té que se reúnen a diario en la asociación para no hacer nada no estaban, comprendimos que iba a ser un día diferente.
Durante los quince días previos a los comicios traté de que me explicasen brevemente cómo era el sistema electoral. Sinceramente, no conseguí entenderlo sobre todo porque, a fin de cuentas, es el estado quien designa a dedo a la figura de máxima autoridad que es el encargado de supervisar todas las actividades del gobierno local, el Qaid1. Tampoco entendí muy bien la necesidad de constituir séis mesas electorales en un pueblo de escaso mil doscientos habitantes de los que una gran proporción son menores de edad.
Estaba claro que el rey Escorpión revalidaría su mandato como representante del pueblo en “Le Comunne”. Su partido, el independentista “Istiqlal”, presentaba un programa que hablaba de lucha contra la pobreza, derechos humanos, avance en la igualdad de género,... Lo gracioso era que cuando pregunté a su inseparable cuñado y secretario general de la asociación que nos acogía, Hellboy, me respondió que ése era el programa nacional, que después en cada ciudad y en cada pueblo se elaboraba un programa adaptado a las necesidades específicas. En Ayn Chouater la propuesta era mucho más sencilla, luz y agua corriente para todos. Práctico pero un tanto absurdo porque, según pude averiguar después, ya habían ganado las elecciones pasadas con las mismas propuestas.
Lo más novedoso de estos comicios era que, por primera vez, dos mujeres iban a ocupar cargos en el gobierno local. Eso también se sabía de antemano pues, como puede suponerse, el voto secreto en un pueblo tan pequeño y donde la gente no tiene muchas más distracciones que hablar, no tiene demasiado de secreto.
Una de ellas, Rachida, era una mujer de colosales proporciones. Además de haber adoptado el papel de ser nuestra madre putativa durante nuestra estancia, era la directora del Centro de Formación Femenino por lo que su victoria estaba más que segura.
Mamá Rachida llevaba semanas planeando la gran fiesta que haríamos en su casa si ganaba. Le gustaba hacerse la modesta pero le encantaba escucharnos decir que iba a salir elegida sin ningún tipo de duda, que nada de “in cha allah”2. Se reía a carcajadas mientras nos cogía la mano y nos miraba con ternura como pensando “que simpáticos estos dos tipos tan blanquitos”.
Desde luego que fue un día anormal. Nos pasamos todo el día solos en casa, sin nadie que viniese a sentarse a nuestro lado mientras navegábamos por internet o, simplemente, ver qué hacíamos sin más. Sólo el calor y los omnipresentes insectos nos hicieron compañía pero, pese a todo, era agradable tener un día para nosotros mismos, sin tener que repetir la misma conversación con los mismos hombres ociosos de siempre.
Alrededor de las siete de la tarde, cuando ya se suponía que se conocerían los resultados, vimos al segundo de abordo del rey Escorpión, Jack Sparrow, sin su fular negro de siempre. Vestía una impoluta túnica blanca y sonreía más de lo normal. Le preguntamos cómo había ido todo y, sin darnos demasiadas explicaciones, nos respondió que sí, que habían vuelto a ganar.
Decidimos ir a casa de mamá Rachida a darle la enhorabuena y, a ser posible, acabar con el acto social cuanto antes pues, en realidad, no nos apetecía demasiado.
Imaginábamos que habría una gran cantidad de gente celebrándolo pero, al llegar allí, sólo nos encontramos con sus amigas más cercanas y su familia más directa. Lo que no nos cuadraba era la gran cantidad de refrescos con los que se habían aprovisionado, estaban todas las marcas y sabores conocidas y por conocer, como para sobrevivir a un año de sequía.
En cuanto me sirvieron el primer vaso de una bebida gaseosa de color y sabor indeterminados, una música de tambores comenzó a aproximarse. Fueron unos instantes de tensión pues no teníamos ni idea de si venían para allí o se dirigían a otro lugar, lo que sí que sabíamos era que preferíamos la paz y el agradable ambiente familiar que se respiraba a vernos atrapados en el pequeño patio de mamá Rachida por una horda de mujeres
vociferantes.
Efectivamente, menos de diez minutos después, allí estábamos, completamente apretados contra la pared mientras riadas de mujeres, hombres y niños entraban cantando y diciéndole “¡mbrouka!”3a la nueva representante.
Tocaban tambores y panderetas además de dar palmas, cantar y chillar con gran alborozo. Parecía la mañana después del sorteo de lotería cuando los telediarios van a visitar a los afortunados ganadores. Fettah, su hijo pequeño, un joven enorme, aunque no muy espabilado, no paraba de entrar y salir de la cocina con bandejas cargadas de refrescos, dulces y cacahuetes. La gente nos animaba a no dejar de comer, beber y bailar pero, cuando por problemas de espacio ya el mero hecho de respirar resulta complicado, nada de lo anterior resulta demasiado apetecible. Por eso, cuando una mujer mayor de dientes plateados se desplomó como un saco de patatas, nos pareció bastante lógico dado el poco oxígeno que había en aquel patio.
Lo más extraño fue que nadie parecía percatarse. Sólo otras dos mujeres se aproximaron a ella para que se incorporará mientras el resto continuaba con la celebración. Le dieron la vuelta y le rociaron la cara con desodorante, como si se tratase de un spray anti violación. En lugar de dejarla ciega, como nos imaginábamos, la señora volvió en sí, la sentaron en una silla y la fiesta continuó como si tal cosa pese a que mi compañera y yo todavía estábamos alucinados por lo que acabábamos de ver.
Intentábamos comentar lo que había sucedido pero el tremendo ruido de las canciones, las continuas invitaciones a comer, beber y bailar nos hicieron desistir y unirnos a ellos.
No dejaba de llegar más gente y Fettah no paraba de traer más bebidas, dulces y los inevitables cacahuetes. Todos quería aproximarse a Rachida para felicitarla, besarla y abrazarla efusivamente, tanto, que fue la siguiente en desmayarse. No nos extrañó, estaba completamente sudada y si no fuera porque era imposible, daba la impresión de estar completamente ebria, como sacada de una boda. Otra vez fuimos los únicos en alarmarnos, pues nadie le dio demasiada importancia, otra rociada de desodorante y un poco de agua en la cara y nada, como nueva, a continuar con los festejos.
Nos dimos cuenta que lo de perder el sentido no era parte de la fiesta. Parecía que si uno no se desmayaba en algún momento era que no estaba lo suficientemente contento pues, tras mamá Rachida, empezaron a caer varias mujeres, una tras otra. Me recordó a un reportaje que vi en televisión. Hablaba sobre una nueva especie de ovejas modificadas genéticamente para que cuando se asustasen perdiesen el sentido y, así, los lobos al atacarlas pensasen que estaban muertas. Esto era similar pero cuando les desbordaba la alegría.
Poco a poco la casa se fue vaciando hasta que sólo quedamos los familiares y los que habíamos sido invitados a cenar. En una misma habitación pero separados en dos mesas por sexos, nos sirvieron pollo al limón confitado, un plato exquisito si no fuese porque ya era más de medianoche y mi estómago estaba a rebosar de tantos refrescos diferentes, dulces y, como no, cacahuetes. Daba igual, el hijo mayo de Rachida se ocupaba de cortarme trozos con sus propias manos para dejarlos en mi lugar del plato común para que yo no tuviese más que hacer que comer y callar.
Ya cerca de las dos de la mañana, exhaustos y empachados volvimos a nuestra casa deseando acostarnos aunque, en mi caso, con la certeza de que no tardaría mucho en levantarme para ir corriendo a abrazar la taza del cuarto de baño.
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