martes, 21 de julio de 2009

EL DÍA DEL LAGARTO


Como todas la mañanas salía del horno que se me había asignado como vivienda, quizás un poco más tarde de lo habitual, lo suficiente para no tener tiempo de recrearme en los maratonianos saludos de los que tanto gustan los marroquíes.
Por supuesto esquivar a los habituales tertulianos que todas las mañanas se reunían junto a la oficina de correos era imposible, pero con lo que no contaba era con que Fuego Lento se ofreciese, más que eso, me forzase a llevarme los escasos treinta metros que me separaban del Centro de Formación Femenino de Ayn Chouater en coche. Una vez dentro, hizo caso omiso a mis disculpas por tener prisa ya que iba con algo de retraso, en su lugar insistió en darme una pequeña vuelta en el 4X4 del gobernador del que era chófer oficial. Quería que disfrutase de sus confortables asientos de piel y de su maravilloso climatizador que, dadas las extremas temperaturas de esa época del año, se agradecía enormemente.
Cuando apenas habíamos salido de la aldea me sobresaltó un frenazo repentino. Salió del coche a la carrera diciendo algo que no alcancé a comprender y blandiendo una chancla. Perseguía un animal que yo no había visto cruzar la carretera y que era una especie de lagarto de considerable tamaño, lo suficiente para tenerle un mínimo de respeto.
Fuego Lento lo acorraló en un borde de la carretera y trataba de golpearle sin demasiada fortuna. El lagarto, al que más tarde me enteré que llamaban “Dabb” en su dialecto, lejos de intentar huir, se encaraba a mi amigo mientras yo, desde la seguridad y el frescor del todo terreno, trataba de convencerlo a gritos de que dejase en paz al pobre animal. Por supuesto que, otra vez, no hizo el más mínimo caso a mis palabras y seguía intentando asestarle un chanclazo con más voluntad que acierto.
En esas apareció otro joven como salido de la nada que nos rodeaba y al que no había visto en mi vida hasta ese día. Corría armado con una pala de gran tamaño hacia donde Fuego Lento se batía en duelo con el lagarto. Mis peores pensamientos parecían a punto de hacerse realidad, ya veía al pobre reptil aplastado contra el abrasador asfalto o, en el mejor de los casos, decapitado. Por suerte estaba equivocado. La estrategia consistía en que mientras Fuego Lento seguía amenazando al animal con su chancla, el otro joven se acercaba por detrás para inmovilizarlo con la pala sin causarle más daños que los minutos de intenso estrés.
Una vez capturado, se dirigieron al coche con el trofeo, un enorme y grimoso reptil de vivos colores y una cola espinosa. Por supuesto querían que los retratase con mi cámara, como dos cazadores tras un duro día de rastreo orgullosos de su presa. Me animaron a que hiciese lo mismo pero nunca he sido demasiado amigo de los animales de órdenes ajenos al mío, es decir, de nada que cuando nace no necesite mamar de su madre. Se reían a carcajadas de mi negativa a tener cualquier tipo de contacto con el lagarto, algo tremendamente hipócrita y desconsiderado pues, si en su lugar fuese un perro de tamaño medio o, más aún, un cerdo, serían ellos los que saldrían corriendo despavoridos antes de estar a un par de palmos de distancia.
Acabada la sesión de fotos, Fuego Lento introdujo al animal en uno de los compartimentos del salpicadero del 4X4 y, por fin, me llevó a Centro Femenino donde mis alumnas llevaban ya casi un cuarto de hora esperándome. Se disculpó por haberme hecho llegar tarde y volvió a la puerta de la oficina de correos con sus contertulios.
Cuando terminé de dar mi lección diaria de lengua española me encontré a todo el funcionariado a la puerta de casa. Parecía que admirar la presa de Fuego Lento tenía más interés que hacer algo con las enormes pilas de papeles que se amontonaban en sus escritorios. ¿Qué más da? De todas formas con el calor que hacía no se podía trabajar así que mejor quedarse a la sombra martirizando a un pobre reptil que no había cometido más error en su vida que el de cruzar la carretera en el momento menos oportuno. Los papeles seguirían allí mañana y el bicho, más que probablemente, habría muerto, mucho mejor recrearse en su sufrimiento.
El secretario general de “Le Comunne”, Mansouri, un tipo realmente extraño, ejercía su papel de hombre con mayor cualificación académica y explicaba que era un especie autóctona del Sáhara magrebí que durante los meses de frío hibernaba, sin moverse, sin comer ni beber nada en absoluto. Aquello no me sorprendió demasiado, puede que hasta incluso lo hubiese visto en alguno de los documentales de La2 después de comer, lo realmente alucinante era que se consideraba un animal muy apreciado pues su sangre era el mejor remedio posible contra el asma. Me sorprendió que tal afirmación no saliese de la boca desdentada de un señor octogenario con turbante sino de todo un alto funcionario que incluso había tenido la posibilidad de viajar fuera del país.
Por mi parte, como ex asmático no dudé en replicar que quizás preferiría ahogarme antes de beber la sangre de aquella alimaña. Todos se rieron y yo me fui a mi cuarto pues ya estaba cansado de ver como torturaban gratuitamente al animal. No me apetecía ver una ejecución sin sentido a aquellas horas de la mañana.
Volví una hora después y los funcionarios habían dejado al lagarto atado en la fuente del patio central de casa. No es que hubiesen vuelto al trabajo, más bien se habían aburrido y el té que Moustapha, el guarda de seguridad de la oficina de correos, acaba de preparar resultaba mucho más apetitoso.
Aproveche para hablar con Said, otro voluntario, y pedirle que liberase al animal. Le solté un rollo acerca de los derechos de los animales que, estoy seguro, no alcanzó a comprender. Supongo que en un país donde los derechos de la mujer son toda una novedad, la simple idea de que un bicho tan feo también tenga derechos es poco menos que una locura incomprensible. El caso es que por no oírme, más que por que mis palabras lo hubiesen convencido, aceptó liberarlo en la misma carretera donde Fuego Lento lo había capturado aquella misma mañana.
Me sentí aliviado después, no por haberle salvado la vida que, a decir verdad, poco me importaba, sino por no tener que convivir bajo el mismo techo con una criatura tan desagradable.

1 comentario:

  1. Pablo,
    ya sabes que te dije una vez que me encanta como escribes, y así lo demuestras una vez más en este blog. Te animo a que sigas escribiendo; tendrás fieles seguidores. Recuerda, para las próximas veces, que "commune", en francés, es femenino, y por lo tanto se debe decir "La Commune". Si en tu pueblo dicen "le commune", ya sabes que lo están diciendo mal. Un abrazo latinlover,
    Anders Brenchat

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