viernes, 24 de julio de 2009

EL DÍA DE LA CABRA


El viernes siguiente a las elecciones pensábamos escaparnos de fin de semana a un hotel en las gargantas del Ziz, no por vistar nada en concreto, sólo por descansar y desconectar un poco del universo Ayn Chouater y, de paso, disfrutar de la maravillosa piscina que anunciaban en internet. Aziz, nuestro ángel protector, nos quitó enseguida la idea de la cabeza porque al día siguiente el rey Escorpión haría un gran asado para celebrar su victoria electoral al que vendrían un montón de invitados importantes entre los que, como no, nos encontrábamos y no había excusa posible para no asistir.
Acordamos madrugar para ver todo el ritual del sacrificio halal de primera mano y, ya de paso, sacar unas cuantas fotografías morbosas. Como no, nos quedamos dormidos y cuando llegamos a la vieja casa de la asociación Aziz y Golfo ayudaban a dos hombres mayores con turbante con pinta de ser los matarifes a limpiar las vísceras de las tres cabras que acababan de sacrificar.
Las habían desollado por completo y las habían atravesado con con un hierro de obra, que habían limpiado sólo con agua y una esponja de incierto origen, de punta a punta sin cortar ningún miembro. Para asegurarse de que al moverlas no se iban a caer al transportarlas, iban suturando con alambres y unos alicates todo el costado de las cabras prestando especial atención a las partes con más riesgo de desprenderse, es decir, la zona de la garganta. Aquello era insalubre del todo, obviando las barras de hierro y los alambres, hubiese podido jurar que lo había visto un par de días antes en manos de Hellboy mientras arreglaba una cañería.
En ese punto decidimos retirarnos de nuevo a nuestro cuarto. Parecía que a los matarifes no les hacía especial ilusión tenernos por ahí sacando fotos y distrayendo la atención de sus ayudantes. Aún así prometimos volver más tarde para ver como asaban las cabras.
Aziz era el improvisado cocinero e ingeniero. Había cavado un agujero en el suelo y lo había llenado de brasas incandescentes. Las barras de hierro se apoyaban en los bordes del hoyo quedando los cadáveres de las cabras flotando sobre el fuego. La temperatura en el patio de la casa de la asociación era increíble, entre el los casi cuarenta grados más el calor de las brasas hacían que fuese difícil incluso respirar. Aziz, empapado de sudor, se había atado la camisa a la cabeza y bajo la atenta mirada de los dos matarifes, que más que ayudar se dedicaban a dar indicaciones desde una parte del patio algo más fresca, vigilaba que las cabras no se quedasen como carbonilla y las aliñaba de vez en cuando.
Mención aparte merecía el artilugio que había diseñado para adobar la carne. Era una caña bastante larga con una esponja, que mucho me temo que fuese la misma utilizada para limpiar las barras de hierro, atada en uno de sus extremos. Cada diez minutos la mojaba en una botella de plástico cortada por la mitad que estaba llena con una mezcla de aceite, pimienta, comino y colorante alimentario.
Como el calor era bastante insoportable y los dos matarifes seguían sin aceptar del todo nuestra presencia allí, no tardamos en regresar a nuestra habitación. Comeríamos en un par de horas y no teníamos demasiado interés en sudar más porque, a decir verdad, ya nos habíamos duchado esa mañana y no es una zona donde uno se sienta bien cuando malgasta agua. Además, era el tiempo preciso para ver un documental muy interesante que hacía días que queríamos ver.
No fue una idea muy afortunada, no por la calidad del documental que era muy bueno, sino por lo denso del contenido así que en menos de media hora estábamos ya completamente dormidos.
Escuchaba voces pero no hice mucho caso, al menos hasta que el mismísimo rey Escorpión en persona entró en nuestro cuarto, rompiendo la barrera psicológica que le impedía pasar, para avisarnos de que el banquete había comenzado ya sin nosotros.
Salimos de la habitación en un estado semiconsciente, como si todavía sólo tuviésemos medio cerebro en funcionamiento. Aunque hubiésemos tenido una hora para recomponernos, nada nos hubiese preparado para lo que estábamos viendo. Mientras observábamos cómo asaban las cabras, fantaseamos acerca de cuál sería la guarnición que las acompañaría. Mi compañera, más optimista que yo, apostaba por una ensalada, yo me conformaba con unas simples patatas fritas. Lo que ninguno de los dos nos esperábamos era que no hubiese nada de acompañamiento más que pan. Habían servido cada cabra en una mesa diferente, de una pieza y sobre un plástico porque, claro está, es importante manchar lo mínimo para evitar hacer esfuerzos inútiles limpiando, sobre todo cuando sólo había dos mujeres presentes.
Nos sentaron separados, a mi me tocó en la mesa de las grandes personalidades, gente como rey Escorpión, Ahmed el de correos, el Qaid, funcionarios, políticos venidos desde Bouarfa,...
A mi derecha estaba Mansouri que, nada más pegar el culo a la silla, introdujo su mano en donde solía estar el estómago del animal y sacó unas bolas que parecían hígado. Era un tanto desagradable pero no tenía mal sabor, aún así, preferí comer y seguir pensando antes que preguntar y llevarme alguna sorpresa inesperada.
La gente no hablaba mucho, sólo cortaba pedazos de carne con sus grasientas manos y comía con gran ansia. Mansouri lo hacía por dos ya que, como estaba a su lado y teníamos una buena relación, supongo que no me veía demasiado diestro en el arte de comer cabra de una pieza y sin cubiertos. Cada vez que desgarraba un nuevo trozo me lo dejaba en mi sección de plástico, eso sí, no sin antes darle una pequeña caricia extra a la ya sobada carne y decirme que era delicioso. Yo le estaba agradecido pero hubiese preferido ahorrarme esa pequeña parte.
En realidad, estaba mucho más bueno de lo que podría parecer en un principio, no me cabe la menor duda de que eran unas buenas cabras. No creo que fuesen de esas que tan fáciles son de ver por los campos de Ayn Chouater comiendo tanto matorrales como restos de basura. Lo único complicado era comerse ciertas partes que, siendo sincero, no podría identificar pues no había visto ni en las carnicerías especializadas en casquería.
Cuando mi estómago estaba alcanzando el límite de su capacidad, uno de los funcionarios tomó el mando de la mesa. Creo que era alguien importante por como le trataban y por su aspecto. Sus gafas de pasta y su bigote cano le conferían un aspecto de anciano venerable cuando, probablemente, no tuviese muchos más de sesenta años. Armado sólo con sus callosas manos, empezó a descuartizar lo que quedaba de lo que, en su día, había sido una alegre cabra y a repartirlo entre los comensales.
Me resultó simpático el hombre pues siempre me cedía lo que, a su juicio, debían de ser los mejores trozos. Cada vez que encontraba uno de su agrado lo sostenía con dos dedos a la altura de los ojos y mirándome fijamente como con cara de pena me decía “bismi allah”, que, en todo el mundo árabe e islámico, significa “chaval, no te queda otra que comértelo”. Por supuesto, yo comía y callaba aunque en mi estómago tantas proteínas estaban a punto de organizar una revolución. Al resto de los comensales les parecía gracioso ver cuanto era capaz de comer y claro, muy a pesar, empecé a ser el protagonista de la mesa. Todos querían escoger un pedazo y ver como me lo comía pero, en cuanto me quedé sin refresco con el que deglutir toda aquella carne, dije que lo sentía pero que “al-hamdulilah”, estaba lleno y no podía más. Creo que aquello decepcionó un poco al hombre del aspecto venerable.
Poco después retiraron los restos envolviéndolos en el mismo plástico que había servido de mantel aunque algunos pidieron llevarse parte de las sobras. Sólo quedaba una bandeja de fruta como postre y ya poco a poco todo el mundo se fue retirando. No me cabe la menor duda de que hacer lo mismo que nosotros, lo único que se nos pasaba por la cabeza, echar una larga y calurosa siesta.

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